14.11.17

UPM-ROU: Agradecimientos


2a. quincena, noviembre 2017


El texto que sigue fue presentado en el evento “Globalización, poder, pensamiento” que tuvo lugar por iniciativa autoconvocada en el Ateneo de Montevideo, el 13 de noviembre de 2017.

En primer lugar quiero agradecer a los organizadores de este evento por la invitación a participar en “Globalización, poder, pensamiento”. En segundo lugar quiero dirigir un agradecimiento de otra índole, al Gobierno Nacional del Uruguay, por el aporte institucional decisivo que ha hecho al Contragobierno, en cuanto acaba de firmar días pasados un acuerdo en pie de igualdad con una empresa transnacional. Queda claro que en este emprendimiento, que se presenta como gravitante para el destino nacional del Uruguay bajo un criterio de desarrollo, cualquiera de las partes puede desistir de los términos del proceso que se promueve conjuntamente, en el curso de un plazo de dos años, a partir de la reciente firma del documento. Si existe igualdad de condiciones de las partes firmantes ¿por qué hablar de “Contragobierno”? Porque las partes no se encuentran en igualdad de condiciones desde el punto de vista gubernamental, aunque sí, como surge del documento firmado, desde el punto de vista contragubernamental.

Cabe aclarar que no está en juego una cuestión de derechos entre personas jurídicas, como la que interviene entre un particular y el gobierno nacional en un estado de derecho: reitero que el documento invoca el desarrollo nacional, de forma inequívoca, como destino del emprendimiento.1

La desigualdad entre los firmantes que consolida la vigencia del Contragobierno proviene, por lo tanto, de la significación pública de cada una de las partes: una encuentra su razón de ser en la colectividad nacional, la otra en el desarrollo empresarial. Se dirá que entre las llamadas “funciones secundarias” del Estado, que interpreta cada gobierno a su turno, se encuentra la promoción de las mejores condiciones para el desarrollo social y económico de una nación, condiciones de las que forma parte el propio desarrollo empresarial. La novedad consiste en este caso, contrariando ese criterio, en que no es la entidad nacional la que fomenta la empresa para el mejor cumplimiento de sus fines, sino la empresa -por si poco faltara, transnacional- la que pauta las condiciones del desarrollo nacional, fijando metas, modalidades y reservándose la potestad de entender, una vez que la nación uruguaya en este caso, ha desplegado todos los esfuerzos posibles, que los gestos en su favor no satisfacen, a su criterio, la debida evaluación.2

Esta paridad entre el interés empresarial y el interés nacional deja de manifiesto que ninguno de los dos puede aspirar a ejercer por su cuenta la condición soberana, cuya existencia requiere una potestad singular e indivisible de decisión.3 La empresa (UPM en este caso) encuentra vedada esa condición por su propia índole institucional, en cuanto representa un interés particular y no una orientación pública como tal, el segundo (el Gobierno Nacional) por su desistimiento, ya que renuncia a una potestad constitucional al colocarse bajo la férula empresarial.

En cuanto desde el punto de vista de la tradición que integra nuestro país no existe gobierno que no se funde en el principio de Soberanía, la claudicación del gobierno nacional manifiesta el abandono del mismo principio tal como la Modernidad lo postuló: como potestad intangible de un conjunto ciudadano (el pueblo). Esa declinación gubernamental del principio de Soberanía plantea el Contragobierno como discusión o explicitación de la soberanía de cada parte (por ejemplo, a través de condiciones a cumplir recíprocamente por las partes contractantes), de forma tal que instala la posibilidad de que el poder se revierta sobre la escena pública en su conjunto.

Tal posibilidad de contragobierno no supone desconocer, bajo un criterio de subversión institucional, el centro gubernamental del poder en tanto facultad administrativa, sino que el poder, en tanto que conjunto vectorial de distintas incidencias estratégicas, queda distribuido entre una potestad crítica y participativa de los individuos y los grupos, diseminado en el todo social. Tal conjunto no puede, en el presente, entenderse al margen de la emisión a distancia que posibilita la tecnología, ni por consiguiente, como apartado de la movilización inmediata y reivindicativa, a escala nacional e internacional.

Quizás ayude a percibir la orientación del Contragobierno reseñar brevemente, antes de pasar a una propuesta de acción, la genealogía y la cronología, en este caso singularmente entrelazadas, de esta propuesta. Entre los años 1987 y 1990 se publicaron en la revista Relaciones un conjunto de artículos, recopilados en un libro que se denominó “Después de la política”, que se presentó en 1991.4 Tal propuesta se apoyaba en el devenir de lo político y señalaba que el ascenso simultáneo y multiplicado, tanto en el Uruguay como en el ámbito internacional, de los movimientos sociales y las empresas transnacionales, iba a perforar la condición supuestamente soberana de los estados-nación. Esta transformación se acompañaba, en el plano del saber, por el ascenso del criterio discursivo, que deslegitimaba la potestad epistémica de la representación, colocándola bajo el criterio singular y diversificador de la enunciación, por naturaleza plural, diversa e idiosincrática.

Hacia inicios del siglo actual, esa propuesta sumó el criterio de globalización, como incidencia de la mediación a través de la tecnología. En cuanto vincula a los individuos en un intercambio a distancia, la interacción mediática determina la articulación de los contextos nacionales y promueve la diseminación de las sensibilidades (etarias, de género, profesionales, etc.), en razón de una proliferación de los márgenes de identificación simbólica. Esa incidencia de la tecnología también determina que la representación social de masas, es decir, la substitución de una presencia colectiva por otra que toma su lugar (pueblo, partido, ideología, etc.), quede progresivamente en manos del empresariado, habilitado para traducir todo asunto público en campaña mediática (inclusive y ante todo, la política partidaria, hoy en manos de publicistas y encuestadores).

Con ese criterio describimos el falso conflicto bi-nacional entre Uruguay y Argentina, como un conflicto de globalización, gobernado mediáticamente por la empresa y motivado ante todo por un conflicto entre la transnacional Botnia y el movimiento social ambientalista de Gualeguaychú. Este análisis dio lugar al libro “Celulosa que me hiciste guapo”, publicado en 2006.5

Finalmente en la actualidad la hipótesis del Contragobierno se dedica a estudiar la conformación de un sector tecno-intelectual, integrado por un funcionariado del capital tecnológico (que como sabemos tiene su cotización sectorial en la Bolsa de Valores de algunos países), cuya órbita social se orienta por medio de la “Nueva gestión pública” promovida por el Banco Mundial. Esta dinámica ha llevado en nuestro país a la creación -sugestivamente bajo gobiernos del Frente Amplio- de un conjunto de organismos públicos y mixtos (público-privados) apartados de las instituciones tradicionales de la Educación Pública, con el efecto de desviar fondos estatales en provecho de la empresa transnacional, que obtiene pingües réditos a partir de los saberes biológicos, informáticos y financieros.6

Me importa destacar, para neutralizar dos prejuicios que instruyen perversamente nuestra idiosincracia política nacional, a saber “no le hagás el juego a...” y “cuidado...podría ser peor”, que este planteo que sostengo se inicia años antes del primer triunfo electoral del actual partido de gobierno en Montevideo, e incluso reconoce claros antecedentes políticos y académicos personales con anterioridad a mi retorno del exilio. Es por lo tanto el fruto de una reflexión emprendida con la trayectoria formativa y militante, no con la inscripción estratégica, ni menos, bajo un mismo horizonte político. De todo lo anterior se entiende que la propuesta del Contragobierno no es una propuesta nostálgica que anhele retornar a un pasado de soberanía y gubernamentalidad nacional, sino que ante todo se funda en la obsolescencia de esa perspectiva, de la que conviene ya hacer el duelo y a la que corresponde oponer una alternativa efectiva.

Pasemos entonces a la propuesta en el presente. Debiera considerarse a mi entender, que el período de dos años que se da el gobierno nacional para cumplir con las exigencias presentadas por UPM, también es un período de dos años para movilizar y organizar a la colectividad nacional e internacional sobre el alcance y la perspectiva del emprendimiento celulósico. Dos años para cuestionar prebendas impositivas que consolidan un modelo extractivo que se fortaleciera con la instalación de Botnia (ahora UPM) y Montes del Plata, analizar la orientación estratégica que se da a la tecnología bajo signo empresarial, subrayar el impulso que recibirá la desigualdad que ha campeado incrementándose con el mismo modelo económico desde 2005, denunciar el incremento de la marginalidad que conlleva, tal como ha sucedido entre nosotros, todo desarrollo tecnológico que no proviene de una fuente incorporada y autosustentable, condenar los perjuicios ambientales que genera una productividad subordinada a la ganancia. En fin, gracias al acuerdo UPM-ROU dos años de Contragobierno por delante, con movilización y crecimiento crítico !!


2 Nuñez, A. "La tan deseada sumisión: el acuerdo entre Uruguay y la corporación finlandesa UPM
https://redfilosoficadeluruguay.wordpress.com/2017/11/10/la-tan-deseada-sumision-el-acuerdo-entre-uruguay-y-la-corporacion-finlandesa-upm/
3Derrida, J. (2001) L'Université sans condition, Galilée, Paris, p.20.
4Viscardi, R. (1991) Después de la política, Juán Darién, Montevideo.
5Viscardi, R. (2006) Celulosa que me hiciste guapo, Lapzus, Montevideo.
6Maniglio, F. (2016). «La subsunción del saber: la transformación de la universidad en la época del Capitalismo Cognitivo», en Sierra, F. (ed.) Capitalismo cognitivo y economía social del conocimiento, Ciespal, Quito, p.191.

29.10.17

Sarthou y la polémica: totalitarismo y totaliterismo


2a quincena, octubre 2017



La imputación dirigida contra Hoenir Sarthou en el semanario Brecha1 no presenta carácter de “protesta” -en el sentido reivindicativo del término- consustancial a la acusación, según la escena en su conjunto. Ni de parte del imputado ni de parte de los impugnadores. Sarthou no se presenta como abanderado de una causa cuyo anclaje suscite el sentimiento, sino ante todo como un crítico del presente, de forma que a partir de una composición de lugar que hace consigo mismo moviliza, caso por caso, la lectura y por tanto la decisión propia de los destinatarios que espera persuadir. Estas intervenciones no se vinculan como tales a los intereses de un medio profesional o a una colectividad, sino a la participación en un órgano de opinión y en emisiones radiales o registros audiovisuales, que difunden las opiniones de Sarthou entre otras. Por lo tanto lo que se cuestiona (por vía igualmente crítica) en la impugnación que le dirigen Neves y Corti, no es un clamor de justicia personal o grupal, sino un protagonismo de opinión formalmente postulada. Incluso tanto la acusación como las tomas de posición del imputado cunden por canales mediáticos. Estamos por consiguiente ante un contexto íntegramente mediático y crítico, tal como lo requiere la denominación “Criminalización mediática de la crítica” (postulada en distintos trabajos vinculados a la misma problemática) antes que la precedente y ya incorporada en el uso: “Criminalización de la protesta”.

Cabría por lo tanto preguntarse si en este caso se cumple asimismo una “criminalización”. Desde el punto de vista mediático no parece ser el caso, en cuanto las dinámicas de criminalización por vía periodística presentan una intervención gravitante del sistema de medios, que a través de una “reacción en cadena” genera una figura culpable en la opinión pública, que se manipula con ese fin.

Los distintos antecedentes de criminalización presentan esos ribetes, por ejemplo, si nos limitamos a nuestro país, en el caso de la ocupación del Codicen (2015) o en el de la “asonada” en la Suprema Corte de Justicia (2013), o incluso en el caso de las intervenciones del grupo Plenaria y Justicia en distintos tipos de denuncias, protestas o actos de repudio (“escraches”). En todos los casos el perfil imputable que se estigmatiza, a través de un conjunto gravitante de medios, corresponde a grupos o individuos signados por una condición atávica y malsana de marginalidad jurídica y política, rotulados con el término “radicales”. El adjetivo se toma en préstamo (y no por casualidad) de la concepción “poliárquica” (es decir, liberal-elitista) estadounidense.

En el caso de la imputación de Sarthou por parte de Neves y Corti, no se produce una reacción en cadena de medios, sino que la polémica queda circunscripta a dos medios de prensa (los semanarios Brecha y Voces) y ciertos ecos en las “redes sociales”, incluso después de las respuestas del imputado2 y de la defensa de este último que ha hecho Alfredo García,3 en nombre de principios democráticos. Ambas partes modulan, por otro lado, recaudos de expresión que sobre ciertas aristas posibles liman las imputaciones recíprocas. Por consiguiente cabe entender que se trata de una polémica limitada a determinado sector de opinión, en particular la tradición vinculada a la izquierda fundacional y a la lucha contra el Estado totalitario, prohijado en el Uruguay por la Guerra Fría. Asimismo un contexto sectorial compartido explica la contienda, en cuanto las posiciones que Sarthou ha desarrollado, en particular con relación a la “agenda de derechos” y a su componente feminista, han superado ampliamente -tomando un giro amenazante para cierta hegemonía-4 el marco de las alianzas que algunos sectores de movimientos sociales y el propio partido de gobierno se proponen fortalecer entre la opinión pública.

Pocos días después de iniciada la polémica con Aníbal Corti, el mismo Sarthou viene a ser imputado a través de una audición radial de antisemitismo, en cuanto sostuvo, con relación a las inscripciones sobre el Memorial del Holocausto, sucedidas recientemente en Montevideo, que no correspondía mancillar un monumento público, más allá de que cada uno debiera poder expresar libremente su opinión sobre una revisión histórica del Holocausto.5

La concentración de puntos de mira polémicos en una misma persona la posicionan, con el signo ideológico que se quiera, en determinado lugar de visibilidad pública. Pero H. Sarthou no pertenece a partido o institución colectiva ninguna, al menos con destaque público, como no sea el semanario Voces. Lo propio ocurre con su principal contradictor, Aníbal Corti, al menos si nos atenemos a los perfiles públicos de uno y otro.

Esta polémica presenta, por consiguiente, dos elementos anómalos pero significativos con relación a la “criminalización mediática de la crítica”: por un lado se desenvuelve enteramente en el campo de una conjunción entre medios y crítica, por otro lado no representa el involucramiento de sectores gravitantes del sistema de medios (en particular la radio y la televisión, pero tampoco un conjunto significativo de órganos de prensa en papel, incluso, periódicos electrónicos). Cabe por lo tanto suponer- bajo los debidos recaudos de observación y análisis, que este enfrentamiento entre polemistas, así como el perfil ideológico anómalo de Sarthou (entre inscripción de izquierda e imputaciones de connivencia con la derecha más conservadora), anuncian transformaciones en curso en la estructura de la opinión pública.

La total-iteración

Cierto ámbito mediático rodea una disputa entre particulares poco visible para el “Gran Público” (que Wolton vinculaba con el auge de la TV abierta), mientras en el escenario mundial se diluyen progresivamente los atributos de la soberanía en el plano institucional -por ejemplo, ante el desafío catalán, al tiempo que se encuentra cuestionada la hegemonía occidental -en particular, ante el surgimiento de potencias en Oriente. Esta situación se traduce, tanto en Europa como en los EEUU, por el rebrote de planteos totalitarios que prosperaron entre las dos guerras. En el caso del Uruguay estas tendencias han adoptado un carácter reflejo y vinculado a la escena mundial, por lo que el tema de la disputa desde un semanario (Brecha) al otro (Voces) también se articula, aunque de forma refractada, con ese escenario europeo y estadounidense de una remoción de registros de opinión.

Ultimamente se ha prestado especial atención a la reaparición de grupos de signo nazi-fascista en distintos países de Europa. Este rebrote no debe ser entendido como mera reacción autoritaria, lo que nos llevaría a la clásica -y fallida- lectura del fascismo como “reivindicación de un principio de autoridad suprema”, según una versión del poder obsoleta: como lo sostuvo Foucault, el poder no existe fuera de la sociedad, sino en el propio cuerpo social.6 En el presente todo poder supone, de forma aguda o no, la proyección tecnológica, perspectiva que permite enfocar tanto los sesgos totalitarios que se manifiestan por sectores, como la condición mediática de la disputa por la opinión publica.

Se cumplen en estos días dos años desde la publicación en este blog de “Medios de Dominación”.7 La publicación retomaba el texto oportunamente presentado en el evento Foro contra la criminalización de la protesta,8 que asimismo fue publicado en registro audiovisual del evento por ADES-Montevideo. Posteriormente Revista de Ensayos publicó los contenidos de esa intervención con modificaciones de estructura y planteo.9 En el mes de julio pasado quien suscribe presentó la ponencia “Criminalización mediática de la crítica en el Uruguay”, en el X Congreso de ULEPICC (Unión Latina de Economía Política de la Información, la Comunicación y la Cultura) que tuvo lugar en la ciudad de Quito. Finalmente sesionó en las Jornadas Académicas de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, que tuvieron lugar en setiembre pasado, el Grupo de Trabajo “Criminalización mediática de la crítica”, que contó con 4 ponencias y en total 11 participantes.

La denominación adoptada para ese Grupo de Trabajo transforma otra ya ampliamente acuñada: “criminalización de la protesta”. Se incorporan al antiguo título dos aspectos que lo potencian: por un lado se agrega el adjetivo “mediática”, que delimita en mayor medida el objeto de que se trata, por otro lado “protesta” es substituido por “crítica”, que atribuye un rango mayor al objeto de la criminalización.

La modificación adoptada surge de un relieve significativo de la hipótesis avanzada: la preponderancia que adquiere el vínculo mediado tecnológicamente habilita a postular que la escena política gravita en torno a la vinculación “a distancia”, es decir, mediada artefactualmente. Una presentación de la actualidad gobernada por los mismos medios convierte, asimismo, toda crisis en objeto de crítica y todo acontecimiento en una oportunidad para la crítica. La diferencia entre la crítica y la protesta es cardinal, ya que mientras la crítica supone y requiere la decisión, la protesta puede permanecer en la indignación. Esta diferencia entre pasar de un estado de opinión a otro y encontrarse afectado por un estado de cosas, supone un cambio de condición y de régimen, en los asuntos que involucran al común de los individuos.

Mientras la protesta supone un ciclo que envuelve a un cierto número de participantes y los compromete con una circunstancia que los afecta, la crítica exige de cada quién ser parte de un pronunciamiento multilateral y singular al mismo tiempo, de forma que lo común no precede, sino que prosigue a la participación. En varios trabajos se ha señalado que esa diferencia, entre el régimen de una participación por pertenencia y una participación por decisión, se manifiesta a través de la transformación del término “mediatización”.10 En la teoría social del siglo XVIII, es decir, del siglo en cuyo transcurso se forma la opinión pública como protagonista de la Ilustración, “mediatizar” se vinculaba al despotismo, habilitado por el derecho y la fuerza pública para excluir a quien fuera del vínculo común, encarcelándolo. Con el ascenso de las tecnologías mediáticas, el término “mediatización” ha pasado a significar el ingreso de un sentido en un canal programado de emisión.

La emisión programada captura el sentido y no el enunciador, de forma que éste ya se encuentra ante una decisión tomada cuando pretende ingresar en el vínculo que sea. Lo compartido por el común surge de antemano, por consiguiente, “mediado como interacción” (entre individuos) tanto como “mediatizado como sentido” (en la máquina),11 circunstancia poco feliz para la libertad si se la considera, con el criterio primigenio, como actividad de liberación. Una situación antropológica de esta índole edifica, según Virilio, un “Panóptico de luz”, donde ya no son necesarios muros de hormigón, porque la imagen que “media entre las interacciones” ya le dice, a cada quién, a que conviene aspirar.

Si se lee con ese criterio acontecimientos como el desalojo del Codicen en 2015, protagonizado por agentes policiales munidos de cámaras filmadoras, tanto como de instrumentos de protección y represión, se puede proyectar con verosimilitud la hipótesis de una “mediatización” (en el sentido tecnológico del término) de los asuntos del común. Pero el criterio teórico adoptado (“criminalización mediática de la crítica”) no se presenta general respecto al asunto, tiene que transitar como “dominante” entre los rasgos principales de la observación, sin poder tomarla a cargo en la integridad de su objeto, ya que ciertos elementos propios de la “protesta” permanecen incrustados en el conjunto observable (por ejemplo en el caso del desalojo del Codicen, el componente económico de la “revuelta estudiantil”).

El totalitarismo (en los distintos signos políticos que adoptó) requiere la totalización del sentido. De ahí que necesite admitir y excluir de forma perentoria y sin atenuantes. Es como tal totalización del sentido, un régimen de significación de la representación moderna. En cuanto esta no opera, como la representión clásica, con un criterio de equivalencia (propio a la matematización de la naturaleza) sino con un criterio de delegación objetiva (en francés el sentido filosófico “representación” se vincula ante todo con el reflexivo “se representer” -por ejemplo en Descartes- y no cunde definitivamente sino a partir del influjo del alemán Vorstellung hacia fines del siglo XIX).12 Por esa razón le es necesario (al régimen de significación de la representación moderna) totalizar la atribución de sentido en que se inscribe (“la realidad”), para otorgarle contenido particular a la delegación objetiva (propia a la razón moderna y no a la “derecha”, la “izquierda” o el “centro”). Tal genealogía de la racionalidad explica que el nazismo, los regímenes totalitarios pro-occidentales que surgen durante la Guerra Fría -particularmente en el cono sur de América Latina-, el estalinismo soviético o el período de los Khmers Rojos en Camboya representen por igual regímenes totalitarios, más allá de los emblemas ideológicos con que se embanderaron.

En la actualidad la atribución de sentido se desarrolla bajo un régimen de programación artefactual, de forma que puede prescindirse de la naturalización de la significación en un campo objetivo. En cuanto la realidad ingresa en un registro "virtual”, implica, como lo ha señalado Derrida, la "realidad implacable” de un “presente supuesto”13 y por consiguiente una “hiper-presentación” (desde el momento que el prefijo “hiper” denota la condición virtual, por ejemplo: “hipervínculo”). El totalitarismo de la razón moderna se prolonga, al presente, a través de un régimen de significación que orienta el sentido desde la propia programación del canal que lo emite y por consiguiente, totaliza por la propia proyección mediática del artefacto. La totalización mediática determina, asimismo, que la verdad se incorpore a cierto régimen de enunciación, programación y difusión de la significación, en el que ingresa paulatinamente el conjunto social y cada uno desde su ámbito particular. Para incorporarse a este régimen mediático que totaliza la verdad en razón de una artefactualidad (lo que llamamos “red de redes”), no es necesario ser experto en “nuevas tecnologías”, ni menos “nerd”, en cuanto la gestación de la actualidad informativa ya consigna (con-signa), en la recepción individual de cada uno, una condición artefactual de la experiencia.

El término que corresponde a tal alteración del régimen de verdad por artefactualización es “iterar”, que significa, para todo contexto (Derrida dixit) la repetición que altera.14 Así se puede programar la criminalización de toda opinión ajena, desde que se la pueda encuadrar en un contexto previamente diseñado por el artefacto: a piacere del imputador. Es posible elegir en la tienda de bestiarios distintos perfiles: fascista, misógino, corrupto, pedófilo, etc. No es necesario totalizar el sentido en un campo de realidad natural, sino que se puede incluso total-iterarlo en una “isla de edición”. El totaliterismo perfecciona el totalitarismo, en cuanto permite programar, desde cierta distancia de pantalla,15 que rostro en particular queda excluido, admitido, o inclusive, convenientemente exterminado.

1 Brecha publicó sobre Sarthou dos artículos en la misma edición: Neves, S. “Museo de grades novedades” Brecha (13/10/17) https://brecha.com.uy/museo-grandes-novedades/ y Corti, A. “Tercera posición” Brecha (13/10/17) https://brecha.com.uy/tercera-posicion/
2 Sarthou, H. “Brecha y la izquierda cosmética Voces (18/10/17) http://semanariovoces.com/brecha-la-izquierda-cosmetica-hoenir-sarthou/ 
3García, A. “Disparen sobre el columnista” Voces (18/10/17)
http://semanariovoces.com/editorial-vocesdisparen-columnista/
4Se anunció recientemente la revisión de la “Guía de Educación Sexual” promovida desde el ámbito gubernamental, ante múltiples protestas, cuyo inicio se vincula a un cuestionamiento periodístico por parte de Sarthou.
5Marchese, M. “Hoenir Sarthou, el Holocausto y la libertad”, Uy.press, Montevideo http://www.uypress.net/auc.aspx?80938,152 
6 Foucault, M. “Las confesiones de Michel Foucault” (entrevistas de Roger Pol-Droit) pp.11-12 http://www.taciturno.be/IMG/pdf/entrevista_foucault.pdf
8 Foro Contra la Criminalización de la Protesta, 6 de noviembre de 2015, Sindicato de Artes Gráficas, Montevideo.
9 Viscardi, R. “Pánico mediático y criminalización de la protesta” (2017) Revista de Ensayos No 4, 83-88, Montevideo.
10Viscardi, R. “La mediatización en la comunicación artefactual: algunas interrogantes vinculadas a la cuestión del sentido” ( 2013) Nhengatu, vol. 1, núm. 1 https://www.aacademica.org/ricardo.g.viscardi/2.pdf 
11Viscardi, R. Op.cit.
12Lalande, A. (1983) Vocabulaire technique et critique de la philosophie, PUF, Paris, pp.921-922.
13Derrida, J. (1998) Ecografías de la televisión (entrevistas de B.Stiegler), Eudeba, Buenos Aires, p.19.
14Derrida, J. “Firma acontecimiento y contexto” (extracto) p.8 
https://filologiaunlp.files.wordpress.com/2012/01/firma-acontecimiento-y-contexto.pdf 
15“Pantalla” del alemán antiguo “panzer-teile” (visera del yelmo), según el diccionario etimológico de Corominas.

15.9.17

Raúl Sendic en el nombre del padre: el grado cero del candidato-probeta

2a. quincena, setiembre 2017


El Tiro Suizo


En julio de 1963 un grupo encabezado por Raúl Sendic ingresa en el local del club deportivo “El Tiro Suizo” y sustrae armas largas que no contaban con cerrojo.1 Esta acción inicia el camino de la lucha armada en el Uruguay y marca un período histórico que todavía sigue inconcluso. No sólo las desapariciones forzadas de militantes bajo el terrorismo de Estado, sino incluso las violaciones de la legalidad democrática relativamente restaurada en 1985, se prolongan mutatis mutandis hasta el presente. En los últimos días un grupo de responsables militares citados por una comisión investigadora, en razón del espionaje a responsables políticos bajo la post-democracia,2 no se presentó a la citación parlamentaria.

Pese a esa significación histórica la acción de “El Tiro Suizo” no tuvo consecuencias relevantes por sí misma, desde el momento que las armas no eran inmediatamente utilizables, por faltar parte del mecanismo. Incluso en el relato de transmisión interna dentro del Penal de Punta Carretas, los tupamaros consideraban a este momento fundacional como “el período del fierrito”, más cercano a la recuperación de material de desecho que a la acción directa. La significación de “El Tiro Suizo” no proviene, por lo tanto, de la trascendencia militar, sino de la intención política.

Resulta revelador de esa significación política que Amodio Pérez, militante del MLN que luego negociara su libertad con los militares golpistas, haya afirmado que las mejores acciones militares de esa organización fueron de su autoría, mientras a su juicio Sendic carecía de calidades ejecutivas. Si Sendic careciera de la virtud militar al grado que lo afirma Amodio, tal defecto destacaría superlativamente que simbolizó un levantamiento idiosincrático contra el status quo político de su tiempo (el fin del “estado de binestar” uruguayo). Mirado desde el presente, ese pasado es reivindicado por tirios y troyanos como ejemplo de estabilidad institucional.

Desde una instrucción ideológica que pretende restaurar aquel nirvana público hasta ahora perdido, se explica el conjunto de reacciones ante la crisis de credibilidad política que promovió, tanto desde dentro como desde fuera del partido de gobierno, la renuncia del hijo del fundador del MLN. Cierta liturgia institucional rayana con la obsesión lleva a la oposición conservadora , ante la renuncia de Raúl Sendic hijo al cargo de vicepresidente, a lamentar una supuesta lesión sufrida por las instituciones.3 La renuncia en cuestión no sigue a ningún laudo de Estado (ni parlamentario ni judicial), sino que obedece a la propia campaña mediática instrumentada por quienes se lamentan ahora, a lo Poncio Pilatos, del efecto político que indujeron concienzudamente. Siempre obediente al contexto polémico que marca la oposición, el gobierno (del partido de gobierno ) se apresuró a afirmar que no existió ninguna crisis institucional como consecuencia de la renuncia del vicepresidente.

Oponiéndose a tantas vestiduras desgarradas por fariseos de distinto cuño, reviste indudable coherencia, si se reivindica la perspectiva institucional formal, la posición del nacionalista Iturralde,4 único en sostener que no debiera ser aceptada la renuncia del vicepresidente hasta que no se cumplieran las formalidades de un juicio político. Quizás este solitario diputado esté marcando el debe ético que se intenta disimular con tanta moralina institucionalista: haber evitado imputar a José Mujica, cuando era procesado su ministro de economía y el presidente del Banco República, incluso cuando la propia declaración del presidente asumía su responsabilidad personal ante el enjuiciamiento de su gobierno. Otro tanto podría decirse del juicio político a Jorge Batlle, pundonorosamente evitado por el actual partido de gobierno, con la tierna excusa de no empeorar la crisis, por cierto grave, que atravesaba por entonces el Uruguay. ¿Qué decir de Luis Lacalle Herrera, presidente bajo cuyo ejercicio actuara el ministro de economía Braga, quien corrió la misma suerte de chivo expiatorio?

En el Uruguay se administra la desigualdad bajo forma de recaudo institucional del poder, sin otra significación que la disimulación política de un estado de cosas público. Tan o más revelador se presenta, desde esta perspectiva, el procedimiento seguido por la Asamblea General para designar la nueva vicepresidencia tras la renuncia del Sendic, signado por el pacto inter-partidario de silencio en torno al tema. Este pacto determinó que la sesión parlamentaria destinada a designar reemplazante, no durara sino 90 segundos, brevedad y sigilo que contrastan singularmente con la prolongada farándula del escándalo mediático protagonizado por tirios y troyanos.5 Los partidos y las instituciones de Estado son para las cosas serias, la comunicación y el común para el bochorno.

La creciente dificultad de la partidocracia uruguaya para disimular el pacto inter-partidario lleva a cambiar la liturgia de Estado, para que oculte un poco mejor las circunstancias públicas y habilita a preguntarse ¿que silencio institucional teme hablar del nombre del padre de Raúl Sendic, inhábil ejecutor de una rebelión de armas inútiles?


En el principio fue Frankestein


La obsesión institucional del poder en Uruguay no es ni artificial ni antojadiza. Obedece a la propia génesis de una nación determinada por un pacto internacional. Es difícil sostener la viabilidad de algo inventado para impedir el conflicto entre terceros, por más que la condición propia no haya sido gratuita ni irrelevante en la región. Las formas de participación uruguayas fueron decantando junto con la entidad nacional, que la modernidad vinculó a la delegación representativa en el Estado. Esta conjunción entre la institucionalidad y la significación comunitaria de las colectividades partidarias permitió sintetizar, aún signado por conflictos e influjos internacionales, el Estado-nación y su proyección orgánica en un país, con el sentido de una integración idiosincrática propia.

Los equilibrios internos de los estados-nación se desbarataron paulatinamente después de la 2a. Guerra Mundial, no en razón de un conflicto entre sistemas sociales, tal como se lo sostuvo hasta la caída del muro de Berlín, sino en razón de la injerencia estratégica de la tecnología, inicialmente a través de la disuasión nuclear. La primera gran revuelta contra la hegemonía de bloques propia de la Guerra Fría ya está pautada, en los años 60' por la denuncia del aparato militar-político-económico, presentado por la Escuela de Francfort como base de la dominación social. La ciencia y la técnica como ideología es un título de Habermas que data del año 1968. En 1977 Foucault publica Verdad y Poder, donde sostiene que el “intelectual universal” -es decir “orgánico”, ha sido suplantado por el “intelectual específico” y lo ejemplifica en Oppenheimer.6 La modernidad sustentada en la secularización de la soberanía teológica como soberanía popular, para articular la organicidad del todo social toca a su fin y se abre la era de los post-(moderno, analítico, estructuralista).

Este fin de la modernidad señala el fin de la partidocracia pergeñada por el Estado-nación uruguayo, como el fin de cualquier otro Estado-nación con pretensiones orgánicas. Recientemente de visita en Montevideo Chomsky señaló que la actual pujanza de las empresas multinacionales no significaba una nueva aurora de EEUU, sino precisamente el fin de su poderío nacional, desde el momento que ese desarrollo empresarial se sostiene tentacularmente a través del globo.7 El propio Trump ejemplifica ese fracaso del estamento partidario, en cuanto su triunfo marcó asimismo el fracaso de la “corrección política”.

Por su génesis histórica anclada en la elaboración de una entidad nacional propia, que es el efecto de la lucha partidaria antes que de la magnitud geopolítica, la partidocracia uruguaya ha querido creer que el declinar de los estados-nación no conllevaría su ocaso. Esta credulidad en medio de los signos más adversos -pensemos en el conflicto “binacional” con Argentina que sigue a la instalación de la multinacional Botnia- tiene una traducción en el descreimiento generalizado en la representación partidaria y el ocaso de la militancia de base, ambos fenómenos atados a la idiosincracia promovida por los “nuevos medios”, articuladores efectivos de la vinculación colectiva.

Ya en los años 90', la pregunta predominante en los círculos de ciencia política era porqué un político se vendía como un dentífrico. Con el advenimiento del Frente Amplio a las mayorías electorales, se abre la era del “candidato-probeta”, cuya racionalidad política se encuentra signada por el personaje de Frankestein.8 Es natural que la izquierda nacional, que aquí como en todo el mundo, desciende del movimiento de corrección socialista del liberalismo, exprese de forma aún más radical la creencia moderna. La misión positivista se ve destinada a suplantar un orden religioso por un orden laico, para alcanzar de aquí en adelante una salvación igualmente eterna, pero terrena.

Como lo señalara tan acertadamente Foucault, para la historia moderna -es decir la que desciende de la Revolución Francesa, “el tiempo se concibe en términos de totalización y las revoluciones nunca pasan de ser tomas de conciencia”.9 De ahí que la izquierda frenteamplista se creyera imbuida de un destino eterno -signado por la verdad científica- y se diera a pergeñar “candidaturas Ferrosmalt”, relucientes carcasas metálicas protegidas por el esmalte bienpensante contra los efectos de la corrosión pública.

Raúl Sendic hijo no fue sino un producto de última generación del laboratorio de “candidaturas-probeta” frenteamplistas. Superada la “era Ferrosmalt”, la necesidad de prótesis tecnológica de la representación pública conllevó, hacia el tercer período frenteamplista, la elaboración de un Frankestein electoral tecno-estatal, surgido de una militancia salpicada de función pública. Se vio así superada “la fórmula promedio exitosa en el Uruguay: perfil de base universitario, sesgo bienpensante y aire bonachón”,10 pero el remedio de un “militante probado en la función pública” fue peor que el de un “militante desconocido llamado a ocupar cargos”. Mientras el “candidato Ferrosmalt” se oxidaba rápidamente ante una intemperie por la que no había pasado nunca, el “tecno-servidor-público” se reveló de una voracidad ejecutiva fastuosa, sino faraónica, para regodeo de la oposición que lo estigmatizó mediáticamente. Es que la genealogía es más política que la genética, mal que les pese a los laboratorios partidarios de perfiles electorales.


No llores por mí Disneylandia


La contraposición entre el consenso acerca de la génesis mediática del clima adverso al vicepresidente Sendic y el silencio con que la coordinación inter-partidaria selló la renuncia de quien presidiera las propias sesiones parlamentarias por tres años, habla a las claras de una ruptura entre la escena pública y las instituciones. Curiosamente esta fisura viene a ser protagonizada en el nombre del padre, por el hijo de quien la abriera con su gesto subversivo en el Tiro Suizo. Queriendo permanecer en un cargo que deniega en los hechos la propuesta estratégica del padre, el hijo llega contra su voluntad a la más paradójica confirmación de la obsolescencia de la democracia representativa. No porque las armas de la liberación nacional hayan suplantado esas instituciones por otras, sino porque la representación de Estado claudica ante una democracia mediática digna de Disneylandia.

Es mejor que Raúl Sendic, el nombre del padre, no forme parte de ese espectáculo sin sociedad. Mal que le pese a  quienes11 cambiaron mucho más que un nombre por una investidura de lentejuelas.



1Sasso, R. “Apuntes sobre el Tiro Suizo” en Tupamaros los comienzos http://tupamarosloscomienzos.blogspot.com.uy/2010/08/apuntes-sobre-el-tiro-suizo.html
2Llevarán espionaje en democracia a la justicia” Montevideo Portal (13/09/17) http://www.montevideo.com.uy/contenido/Llevaran-espionaje-en-democracia-a-la-Justicia-354484
3Para Lacalle Pou la crisis institucional era inevitable” Montevideo Portal (09/09/17) http://www.montevideo.com.uy/contenido/Para-Lacalle-Pou-la-crisis-institucional-era-evitable-354162
4Iturralde cuestionó “pacto de silencio” en el Frente Amplio en torno a la salida de Sendic” Montevideo Portal (13/09/17) http://www.montevideo.com.uy/contenido/Iturralde-cuestiono-pacto-de-silencio-en-el-FA-en-torno-a-la-salida-de-Sendic-354518
5Lucía Topolansky asumió como vicepresidenta de la República, tras votación de la Asamblea” Montevideo Portal (13/09/17) http://www.montevideo.com.uy/contenido/Lucia-Topolansky-asumio-como-vicepresidenta-de-la-Republica-tras-votacion-de-la-Asamblea-354455
6Foucault, M. (1997) “Verdad y poder” en Teorías de la verdad en el siglo XX, Tecnos, Madrid, p.455.
7Chomsy, N. “Conferencia completa de Noam Chomsky en la Intendencia de Montevideo” (17/07/17),
8Viscardi, R. (2013) Contragobernar, Maderamen, Montevideo, p. 46.
9Foucault, M. (1969) L'archéologie du savoir, Gallimard, Paris, p. 22.
10Viscardi, R. (2013) Contragobernar, Maderamen, Montevideo, p. 47.
11Ver en este blog “Zabalza, los canallas y el tupamplismo” http://ricardoviscardi.blogspot.com.uy/2016/02/zabalzalos-canallas-y-el-tupamplismo-2a.html